En la final de la última Copa Europea de Clubes no faltó suspenso ni buen juego. Pero, para una afición argentina cada vez más adentrada en el ritmo del Super Rugby, la definición que coronó a Saracens pudo haber parecido un poco lenta.  ¿Por qué el Rugby europeo parece cada vez más distinto al del Sur? ¿Dónde está la diferencia?

Imaginemos que tenemos dos pantallas distintas. En una, la final del 2016 entre Hurricanes y Lions del torneo más importante del rugby del sur. En la otra, Saracens contra Clermont en la final del máximo certamen de clubes de Europa. Cronómetro en mano. No para contar cuánto va de partido, sino para medir cuánto duran las transiciones de juego. Puede ser una interesante propuesta, pero no distinto del resultado obvio de comparar un auto de carreras con una moto.
Pero si nos ponemos a ahondar más profundo, diferenciarlos cada vez es más evidente y los detalles son rasgos. Ya no es una cuestión de ‘kilaje’ o fisionomías. Si las intensidades de juego entre unos y otros son distintas no pasa por los músculos, sino por la mente. La manera en concebir el juego, el resultado y el riesgo son abismalmente desiguales.
Factor 1: El uso del pie como recurso.
En Europa los pateadores aprovechan cada penal para ostentar su puntería a los palos y los partidos terminan definiéndose en múltiplos de 3. Para los Sexton, los Farrel y los Parra, jugadores con muchos recursos, su función en sus equipos a veces parece cada vez más limitada en términos de convertir penales o conversiones.
Mientras en los equipos de la Sanzaar utilizan el pie como una herramienta para complementar la velocidad de sus compañeros, el ritmo de sus equipos y agilizar la dinámica de un juego que no puede frenar. La diferencia está en el riesgo. Comparar las exigencias que tiene cada región geográfica hacia sus aperturas es notable. Beauden Barrett y Nicolás Sánchez son jugadores con facultades más vinculadas al juego, donde patear a la H es simplemente algo burócratico. Y no sólo pasa por los aperturas, los medios sceums o los centros; más de una vez los equipos australianos, neozelandeses, argentinos o sudafricanos cuentan con primeras y segundas líneas que sorprenden con lujos y habilidades dignas de los que usan la número 10.
Factor 2: el breakdown y las formaciones móviles.
En pocas palabras, una diferencia de todo o nada. Mientras en el Sur el breakdown, el ruck y el maul son una zona de trancisión, donde sólo van a disputar 2 o 3 jugadores de cada equipo; en Europa son la piedra angular de los grandes equipos. Las primeras y segundas líneas en el viejo continente tienen la exigencia de ser aguerridas e imponer el peso en jugadas que parecen lucha grecorromana comparado a lo que pasa en el Super Rugby o en el Rugby Championship.
Es donde se evidencian dos líneas de pensamiento distintas: el rugby combativo, frenado y  de estrategia demorada vs. el rugby dinámico, ofensivo y de táctica arriesgada. En este factor son fundamentales los medio scrums y la agilidad que le den a cada circunstancia. Pedirle a TJ Perenara que se tome 30 segundos en cada formación móvil sería una locura. No porque el 9 neozelandés sea ansioso, sino porque en la jugada ya la tiene pensada y no debe demorarse en cada instancia a analizar qué hacer.
Deben existir una multiplicidad de cuestiones más a analizar. Pero la manera en que se conciben estos dos momentos es donde está la diferencia. Modificación de reglas para adaptar el juego a cada metodologías y concepciones de juego distintas siempre van a generar diferentes resultados. El rugby muta como todos los deportes, se va modificando y ambas regiones atraviesan procesos de cambio hasta adaptarse a nuevas ideas.
Sin embargo, la tendencia muestra que los del Sur están siempre un paso adelante. Pero no, no es una cuestión de peso.
 
share on:
share on: