Después de años de algunos antagonismos y diferenciaciones, el rugby y el fútbol en la Argentina parecen haber encontrado un nuevo punto en común: cuestionados sobre aspectos, tanto ajenos como referidos al juego, ambos seleccionados se encuentran en una crisis existencial. ¿Son reales ambas crisis? ¿Qué tan lejana está la realidad de la albiceleste comparado con la que viven los Pumas?

“Son unos pecho fríos, no como los otros, que tienen huevos y cantan el himno”. Frase común en el debate que dividía las aguas en la cultura popular argentina entre futboleros y amantes de la ovalada, luego del inolvidable Mundial de Francia 2007. Sin embargo, dos equipos que parecían despertar distintas pasiones y vincularse a diferentes sectores sociales en nuestro país, reciben un diagnóstico parecido a la hora de ser cuestionados por la lupa crítica de sus aficiones
Como en cualquier ámbito humano, el paso del tiempo con sus éxitos y fracasos, genera un desgaste en cualquier equipo. Un deterioro evidente que termina afectando, sin importar el grado de profesionalismo, calidad de jugadores o entrenadores, logros obtenidos, etc. Desde hace ya un tiempo, ese “famoso desgaste” recae sobre los combinados nacionales de rugby y fútbol argentino, sin importar que sus miembros (aunque Messi y compañía hayan decidido ya no hablar más con la prensa) sean los primeros en manifestar o mostrar que se sienten con la fuerza suficiente como para afrontar las adversidades.
Por un lado el combinado mayor del 11 contra 11, cargando con tres finales consecutivas perdidas y 24 años sin conseguir un título, se encuentra en una encrucijada por clasificar a una Copa del Mundo que no lo tiene ausente desde 1970. Por el otro un equipo argentino que, a pesar del cuarto puesto en el máximo certamen del planeta en 2015, lleva 15 derrotas en 20 partidos disputados entre 2016 y 2017.
Dos conjuntos con grandes jugadores de una excelencia técnica sin precedentes, unidos por un mismo karma: la crítica, pocas veces constructiva donde priman el exitismo, la ansiedad y la ya contaminada expresión “fracaso”.
Dos planteles cargando a cuestas desaciertos, niveles de presiones y la frustración de haber estado siempre “ahí” del éxito (ser campeones del mundo o ganarle a los All Blacks). Ambos grupos con la comparación constante a éxitos del pasado: mientras Creevy tiene que comandar a los Jaguares/Pumas sin traicionar la esencia de Pichot y los Pumas del bronce; Messi y companía luchan contra el fantasma del histórico equipo de Maradona y la generación del 86.
Para colmo pareciera como si los opacaran selecciones de disciplinas menos populares o triunfos individuales como el tenis. Un caso curioso sucede si se comparan el proyecto actual del rugby argentino con la selección de básquet, quien parecería tener más espalda a la hora de los cuestionamientos.
Desde el rugby hubo un cambio de rumbo ideológico orientado al estilo de juego. Se buscó aprender de las potencias poniendo en práctica un proyecto de mejora técnica, pero luchando siempre con dejar de sufrir las “derrotas dignas”. El problema es que querer jugar bien contra los mejores no siempre va a llevar a ganar.
Similitud con la selección de fútbol, donde cuando no alcanza con llegar a la final del Mundial sino se jugó bien y si ,alguna se empezó a jugar bien, no alcanza sino se puede salir campeones.
El pedido de recambio en base a malos rendimientos es inevitable entre ambos conjuntos. Pero a diferencia del seleccionado argentino de fútbol donde los jugadores rinden en otros clubes y les cuesta en la selección, los Pumas, luego de que la convocatoria se haya “cerrado” pertenecen todos a un mismo equipo, Jaguares. Por lo tanto la demanda de un nuevos nombres y variantes sobre el equipo es mucho más fuerte.
Tanto en el debate sobre uno y el otro, los dos equipos recibe una constante catarata de sugerencias metodológicas de expertos, y otros no tanto, sobre a quiénes se debe convocar y cómo. Primero y principal, prima el peso del sentido de pertenencia a los clubes: “Hay que convocar a los del ámbito local”.  Pero mientras muchos jugadores del fútbol local parecen empezar a ganar terreno y dejar de dar el presente en amistoso efímeros, en el rugby de uniones argentinas aquellos que triunfan en sus equipos tienen sólo un lugar en Argentina XV.
Además, la presencia en el Super Rugby y el Rugby Championship termina llevando a que se empiecen a plantear modelos a imitar, en donde las selecciones tienen limitado el cupo para jugadores que juegan en el extranjero hasta levantar la competencia que puede generar Argentina XV  ampliando la base de profesionales.
Institucionalmente las realidades son dispares. Mientras los Pumas tuvieron tres entrenadores en los últimos 10 años, la selección de  fútbol cambió siete veces de conducción en el mismo período de tiempo.
Lo que sí es seguro es que debe pensarse a largo plazo y que los éxitos nunca suelen ser inmediatos. El deporte argentino en general crece con proyectos  y trabajo en miras a futuro, analizando una idea por encima de los nombres y resultados.
 
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