Después de mucho tiempo, la URBA modificó el horario de inicio de los partidos de los sábados 17 y 24 de junio de todas las divisiones superiores como motivo de los amistosos del seleccionado nacional. ¿Cuanta influencia tuvo la televisación en estas decisiones? ¿Puede ser qué el único mediador entre las diferencias de las uniones sea un canal de TV? Otro capítulo de una novela que no parece tener fin.

Existe, al menos en Argentina, una constante en el ambiente del rugby: mostrarse distintos del fútbol y todo lo que representa. No sólo por cuestiones de reglamento o por los famosos “valores” (expresión utilizada, a veces, para alejarse de otras disciplinas) sino también por cuestiones  de idiosincrasia. Para quienes disfrutamos de ambos deportes, las diferencias son claras. Sin embargo, cuando se empieza a poner el foco en las cuestiones dirigenciales la lejanía parece achicarse.
Por supuesto que existe una diferencia brutal entre quienes comandan el rugby y quienes presiden el fútbol en la Argentina. Además de las cuestiones legales, el primero se distingue del segundo porque las autoridades tanto de clubes como de uniones tienen una larga historia vinculada a la ovalada. Pero la disputa de egos entre autoridades es un rasgo común entre ambos deportes en nuestro país.
Durante el 2016, la coincidencia horaria entre el Nacional de Clubes y el Top 14 con los partidos de Jaguares y Pumas era una constante que dejaba en claro la puja de intereses.
Ésta era una de las tantas aristas de la disputa en la cual ni desde la URBA ni desde la UAR parecían dar el brazo a torcer en un año fundamental para el avance del rugby de nuestro país. Se le sumaban al pleito decisiones reglamentarias opuestas, la pelea por la disposición de jugadores y una catarata de argumentos desencontrados que poco a poco empantanan la proyección de un deporte con  adhesión y difusión cada vez mayores en el país.
Para éste fin de semana y el próximo, la URBA modificó el horario de inicio de los partidos de todas las divisiones superiores con motivo de los amistosos del seleccionado nacional. Una decisión en la que claramente tuvo inferencia la empresa que se encarga de la transmisión de los partidos. Al poseer el capital que tanto necesitan las uniones, quienes ponen la plata, ponen el horario. No se termina llegando a una conciliación, sino a un “cada uno a su cuarto”.
Para frenar éste “palo en la rueda”, para poder evitar que los ingresos del presente sean más importantes que las decisiones del futuro, es necesario rever cuestiones que nacen desde el seno mismo de quienes pertenecen al rugby. Es algo que tiene que cambiar a nivel coyuntural. No sólo dirigentes, sino también de jugadores, entrenadores, periodistas y espectadores: debemos replantear cuestiones y discusiones mucho más profundas.
¿Cómo pueden potenciarse proyectos a futuro si aún existen discusiones atascadas en la dualidad amateurismo vs. profesionalismo?
¿Qué tan lenta puede ser la transición hacia un nivel de primer mundo si no se puede concebir la unión entre una nueva y más dinámica forma de jugar integrada al sello histórico del “scrum y tackle”? ¿Hasta qué punto los valores del rugby no están mancillados, si quienes los defienden para separarse de un deporte terminan cometiendo errores de peores dimensiones?
No es sólo acordar para acomodar un par de horarios. Porque de hecho, el problema que se desnuda no es la desorganización para los horarios. El incoveniente es que, si se le quiere ganar a los All Blacks, hay que preparar un partido que va más alla de los 80 minutos. Si queremos ser de elite, no alcanza con jugar un torneo con los mejores. Primero, hay que trabajar en todas las líneas, dentro y fuera de la cancha. En el barro, en el escritorio y en la cantina de los clubes.
 
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