Otra vez Hindú y su espíritu competitivo se llevaron un nuevo torneo de la URBA. ¿Cual es la fórmula secreta que compone a la mística de un equipo que no se cansa de ganar pegando en los momentos justos? La importancia de los históricos y una comunicación constante.

Son las 14.30 horas en el Club Atlético San Isidro. En el medio de la entrada por Sáenz Peña estaciona un colectivo de escolares naranja del que baja, en silencio y como invocando un mantra que haga homenaje al nombre del club, el plantel de Hindú. De la calma y seriedad se escapa alguna sonrisa.
No es un grupo de estudiantes en un viaje de egresados, pero que la misma tranquilidad esté tanto en los rostros experimentados de Agulla, Senillosa o Faraone como en los de los novatos Leiva y Resnick, hacen que cualquiera que los cruce olvide que pertenecen a un equipo que está por disputar la final número 23 del equipo de Don Torcuato en los últimos 21 años.
Una hora más tarde, Hindú salió a la cancha a realizar los ejercicios pre competitivos. La atmósfera era otra, al silencio de las calles de la zona Norte lo tapaba el grito ensordecedor que venía de las tribunas de la catedral.  Sin embargo, entre los cánticos se escucha las primeras arengas de Horacio Agulla en el trote por el in goal. “No aflojemos ahora, dale”, se escucha en la voz del ex Bath, de 3 mundiales con la camiseta de los Pumas.
Su regreso histórico al club fue una de las claves para que el Elefante tuviese la colosal segunda ronda que lo depositó en la final del Top 12.
Con Senillosa, Faraone, de la Fuente y Fernández, forman la logia de históricos cuya presencia es un estímulo vital para que la identidad de juego y la mentalidad para encarar estos partidos no se pierda. Sus gritos y sus vozarrones son pregoneros adentro de la cancha no sólo de la ideología de juego de los Fernández Miranda, sino también de la famosa mística que hace que Hindú pueda jugar las finales con temple y holgura para transformarlas en un trámite.
“Los tipos que volvieron sienten al club demasiado bien y acomodarse con el sentimiento tan alto es más facil”, sostiene Juan Fernández Miranda, el jefe detrás del gran equipo. Una vez empezado el partido, mientras los forwards batallaban en la mitad de la cancha y Díaz Bonilla ponía su sello en una primera parte demoledora, el “Rengo” y el “Chori” se le acercaban a darle indicaciones a Escobio. Más tarde, los gritos a lo largo de la cancha serían para Bautista  Álvarez y así, también en cada parate del partido, para el resto. Si había TMO, todos los números de Hindú se juntaban para dialogar.
Sin embargo, el “trámite” se complicó y Alumni tomó la pelota y siguió embistiendo con rebeldía. Los de Tortuguitas tuvieron el viento a favor y acercándose en el resultado pusieron a prueba a la  famosa “mística” de su rival. Allí apareció el grito agudo de Faraone, pidiéndole a los forwards que “sigan metiendo” porque el partido no había terminado aún. “Planteamos juntarnos y hablar cuando estuviéramos nerviosos, eso hizo la diferencia”, manifestó otro de los valuartes.
El consejo fue fundamental para que, por ejemplo, Nicolás Leiva encare sus primeras finales como un experimentado y sea una de las revelaciones del torneo. El “Gendarme”, más de una vez manifestó que su buen momento se debía a la confianza de los más grandes. Apoyo que se pudo notar cuando en varios partidos, Mariano de la Fuente lo alentaba al entrar desde el banco reemplazando a Martínez Sosa.
No todo fue retos y llamados de atención. Se pudo ver en el try de Álvarez en el segundo tiempo, que puso a los de Torcuato cada vez más cerca de la victoria, cómo todo el equipo se acercó a unirse en un abrazo. En el regreso para la reanudación del juego, Senillosa le levantó el pulgar a Escobio, que segundos más tarde recibió una palmada en la espalda de Agulla.
Más allá del juego integral y desplegado que revolucionó al rugby argentino, de la potencia de sus forwards y de la destreza y velocidad de sus backs, más allá de tener a un Díaz Bonilla cada vez más alto, Hindú tiene algo que es mucho más evidente y tangible que la famosa “mística”.
Ese espíritu competitivo que recorre las filas de un multicampeón se transmite en el lenguaje corporal y en la comunicación constante de sus valuartes a sus compañeros sin importar jerarquías.
Allí  reside quizás la receta del éxito, la fórmula con la que los de Don Torcuato esquivan la presión y diluyen la calma de sus rivales hasta ahogarlos en su propia ansiedad e impaciencia. Por momentos es más víbora que elefante. Incluso Alumni tuvo que lidiar con su propio laberinto mental, y salió a jugar la segunda mitad con una rebeldía destacable, digna de lo que fue durante todo el torneo: un gran competidor.
Pero por la sangre de Hindú corre un espíritu competitivo más grande, una mentalidad ganadora cimentada en la transmisión constante del sentido de pertenencia y la experiencia de los más grandes a los más chicos.
 
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