Finalizada la participación en el Super Rugby y con la lista de jugadores para el Rugby Championship definida, el crecimiento de los planteles superiores de la UAR parece estar en una crisis existencial ante los golpes que significaron los resultados adversos. El desafío de competir con las potencias es en pos de conseguir un nivel que los iguale en el futuro, ¿está pasando factura sólo a jugadores o también al rugby argentino en general? 

De la Fuente apoya frente a Reds su segundo try y liquida el partido en Vélez en la tarde en la que Jaguares aplastó al conjunto australiano, campeón del Super Rugby en 2011. El clima, tras un arranque del 2017 con tres victorias holgadas, era esperanzador y se notaba el impacto en el ánimo del equipo y de su mayor aliado y rival: el público. Semanas después,y con una fecha libre de por medio, el equipo no volvió a ser el mismo y comenzó la escalada de derrotas que terminaron dictaminando que Raúl Pérez dé un paso al costado como entrenador de la franquicia argentina, a pesar de cerrar el torneo con una buena seguidilla de triunfos ante a equipos australianos.
Dentro de la cancha los factores que explicaban éste declive eran evidentes. Los comandados por Agustín Creevy mostraban baches de concentración en ciertos momentos que terminaban costándole caro. Una vez que el rival aprovechaba ese resquicio, el partido se hacia cuesta arriba física, técnica y mentalmente.
Los jugadores se mostraban tranquilos entendiendo que los tiempos de la trancisión hacia el nivel más alto son más lentos que los que los que conlleva el adrenalínico torneo de franquicias del sur.
Sin embargo, las críticas de afuera y el espíritu competitivo que caracteriza a este plantel, ese que aparece en las ausencias de buen juego, convertía el desfavorable resultado anterior en una presión aún mayor. En ‘efecto dominó’,  la presión generaba ansiedad y ésta provocaba errores que costaban un partido tras otro creando un pozo acumulado (en el que también estaba el desgaste físico) que comenzó a minar las chances de conseguir la histórica clasificación hacia la siguiente ronda.
El impacto psicológico de las derrotas se sumó a la falta de experiencia en un torneo de tal magnitud, haciendo que Jaguares no puedan definir los partidos fáciles o simplemente se vean excesivamente superados. Para colmo, las derrotas ante Inglaterra en la ventana de junio sufridas por los mismos apellidos comenzó a hacer que la vorágine resultadista gane peso e imponga una contradicción que excede lo que ocurre adentro de una cancha.
Así como apareció el interrogante de si Jaguares estaba para campeón después de tres victorias consecutivas, basta esperar a que un partido de un equipo de la UAR termine en derrota para empezar a escuchar los reclamos al juego, la actitud o el pedido de nombres. Reflejo de la bipolaridad que termina atravesando al rugby argentino en sí.
Es verdad que tanto Jaguares como Pumas necesitan un recambio, una mayor competitividad en cada puesto que haga que ningún nombre este asegurado. Argentina XV no puede ser el banco de suplentes de los relevos del combinado mayor, sino el primer rival que exija lo mejor de quienes integran los planteles superiores de selección nacional y de Super Rugby. Hay apellidos de sobra para cada hueco.
Si bien Raúl Pérez aceptó dar un paso al costado, no puede asumir en su lugar alguien que esté en una sintonía completamente distinta. El rugby argentino no puede quedar sedado por la frase “es un proceso que en el futuro va a dar resultados” para ocultar algunas falencias, ni por el exitismo constante que quiere que un rugby en formación se imponga ante equipos o países que hicieron de su rugby ideología e institución.
El éxito de los procesos no se da en los resultados sino en la manera en que se los enfoquen. La dinámica del rugby profesional de alto nivel no da lugar a otra crítica que a la constructiva. Sino, basta con ver la larga lista de naciones que aún no terminan de despegar o de superar sus mejores rendimientos por culpa de conflictos internos o la presión externa.
 
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