Hace una década, Los Pumas daban una de las sorpresas más grandes de la historia de los mundiales y, además, comenzaban a escribir la página más gloriosa de su historia.

7 de septiembre de 2007. La quinta Copa del Mundo volvía a Europa y se situaba en territorio galo. El partido inaugural ponía frente a frente al local, uno de los grandes del deporte ovalado que hasta ese momento no se había consagrado en el certamen ecuménico -tampoco pudo hacerlo luego-, y al seleccionado argentino.
Se trataba del candidato contra el outsider. El que tenía la presión de ganar, no solo el partido, sino el Mundial, ante el que buscaba reconocimiento.
Más de 80.000 personas le daban un marco fenomenal al Stade de France, que lucía casi en su totalidad de color azul. Los cientos de argentinos que asistieron a esa agradable noche parisina llegaron con la esperanza de ver un momento que, a las postres, resultaría visagra para el rugby nacional.
Aquel formidable equipo de Los Pumas, comandado por el gran capitán Agustín Pichot, llegó a ese torneo en el momento de madurez justa. La base estaba conformada por el grupo que ocho años atrás había dado el primer zarpazo al llegar cuartos de final en Gales 1999. Tenía un pack de forwards tremendo, con una primera línea experimentada, una segunda batalladora y una tercera que mezclaba locura con oficio.
Entre los backs hubo una gran aparición, la de Juan Martín Hernández pasando a su puesto natural de apertura -hasta ese momento habitualmente se desempeñaba como fullback-. Los mellizos Contepomi en el centro conformaban una gran dupla, y la sorpresa se dio en una de las puntas, donde el joven Horacio Agulla -todavía jugaba en Hindú- saltó a la titularidad.
Mucho de ese partido está grabado para siempre en la retina de todos los amantes del rugby: el scrum avasallante, la locura por tacklear, la ejecución perfecta del plan de juego, la puntería de Felipe, el pie de Hernández. Y el try, obvio. Una corrida electrizante de Ignacio Corleto tras una pelota recuperada que quedó inmortalizada.
Fue 17-12 en Saint Denis. Final, brazos en alto y la palabra de Pichot en la arenga que sintetizó lo que ese equipo fue a buscar a Francia: “No vinimos acá a hacer un buen partido, vinimos a hacer un gran Mundial”.
Ese encuentro derivó en la mejor actuación del combinado argentino en las RWC, donde alcanzó el tercer puesto, también ante el local, en el Parque de los Príncipes. Pero, sobre todo, fue el mojón sobre el que se viró el rumbo hacia la profesionalización. El Pladar, la inserción en el Rugby Chapionship y la posterior inclusión en el Super Rugby jamás hubiesen sido posible sin aquel triunfo.
El futuro del rugby nacional comenzó a escribirse aquella noche en París. Hoy, 10 años después, Los Pumas se preparan para jugar ante Nueva Zelanda por el Championship, un privilegio al que no habrían accedido sin la gesta en suelo francés.

 
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